
A la luz de un quinqué

Un viaje nostálgico revela el quinqué, lámpara ancestral de hojalata y queroseno. Su luz, antaño vital, iluminó hogares y comercios, hoy reliquia de un pasado rural.
Por José Arturo Ealo Gaviria Imagínate que viajas en la nave del recuerdo hacia un descampado y solitario lugar de un llano que se expande. Te asomas al universo estrellado de una noche. El cosmos danza, brilla ante nuestros ojos haciéndonos perder en la inmensidad de lo verdaderamente profundo. Y allá arriba, mientras se esconden millones de colores en una red de bellas nebulosas, lentamente vas bajando la vista. No lejos de ti, en semblante de opacidad alumbra la caperuza de un quinqué o el filamento de una llama que a duras penas oscila entre el prólogo del ayer y la absorta sinfonía de los grillos, como reminiscencia lumínica de tiempos idos. Sí, me refiero al que antes se usaba para iluminar áreas interiores de casas rurales, tiendas, mansiones y caminos. A ese artefacto, luego de numerosos y fallidos ensayos, de hojalata y forma cilíndrica, en el fondo se le suministraba queroseno, keroseno, kerosén, querosén o kerosene. En la parte superior de dicho cilindro habían unas pequeñas ventanas con láminas de mica. Una serie de orificios, tanto en su base como en la parte superior, aseguraban el acceso de aire hasta la llama, que ardía gracias a una mecha cuya parte inferior se introducía en la división del combustible. Un protector de vidrio conservaba la flama. Definitivamente, el ser humano es ese cuerpo no inventariable y voluble a todo cambio. Todo rostro posee un ayer, un presente, un mañana. Todo parece señalar que el creador de dicho emisor de luminosidad fue el farmacéutico polaco Ignacy Lukasiewicz, en 1853, basado en los principios del funcionamiento de dicha radiación descubierta por el químico suizo Aimé Argand. Pero fue el boticario francés Antoine Quinquet (de ahí el nombre de quinqué), quien mejoró la idea de Argand y emprendió su voluntad por fabricar dicha iluminación con fines comerciales. Entonces me viene al recuerdo una de estas candilejas colgada en la entrada de una tienda de barrio. Penumbra reducida. Con una pátina ominosa en el umbral acabado por el trajín. En una repisa un quinqué alumbraba el rostro de un santo atormentado y la imagen de una mujer con expresión de mártir, como pato mirando avión e implorando clemencia. Había un perro entregado a su sueño de agonía, manifestando las breves convulsiones de su osamenta, gemidos apenas perceptibles y temblores de adiós de una oreja, mientras un quinqué de pronto se apagaba. Hoy son recuerdos que iluminan por simple decoración.