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Caminamos sin ver el camino

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29 de abr. de 2023

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 Por: Olga Lucía Bustamante Madrid

Mío es mi cuerpo, mi mente y mi espíritu. Son tres planos que habitan en uno mismo, pero, el único plano que depende de mis decisiones, es el mental.  Las funciones del cuerpo y del espíritu son independientes y autónomas, no tengo que direccionar su accionar, tienen inteligencia propia.  Ambas obedecen a una inteligencia intrínseca.    

Mentalmente vivo, creando caminos dependiendo de mi entendimiento, voluntad, gustos y expectativas de vida, algunas veces coherentes, otras no, y las emociones que estas producen, tienen injerencia indirecta en la salud o enfermedad de mi cuerpo y mi alma, sin que yo lo haga consciente.  Soy producto de mis propios pensamientos, además de los pensamientos ajenos; de ahí el orden o el desorden, personal, familiar y social.

¿Cómo lograr una existencia en equilibrio si ni siguiera somos conscientes de esa verdad? Me enoja cualquier tontería y en mi cuerpo se altera la presión arterial. Además, la causa de mi enojo lastimó mi confianza y quedó clavada una espina de resentimiento, que llevaré de por vida, a no ser que yo mismo decida dar una mirada para reinterpretar los hechos, perdonarme, perdonar y rehacer mi sentir para mi tranquilidad y la de los demás. La vida es una cadena de momentos y decisiones que se entrelazan, y cada uno involucra a muchos, en forma deliberada o circunstancial. De eso se trata la convivencia. La energía que proyectamos y que otros proyectan, crean un campo de equilibrio. Otros impulsan inestabilidad y contraflujo, que permanece, a no ser que alguno decida romper la cadena y vibrar al unísono.

Creemos saber todo en el campo de la existencia humana, y el caos en el que vivimos nos dice lo contrario. Conocemos los ojos físicos, y desconocemos los ojos del alma. Sabemos leer perfectamente letras, símbolos e ideas preconcebidas, la mayoría desconoce cómo leer la vida, no le hacemos caso a la intuición, desconocemos el sentido detrás de las palabras.

Las enfermedades familiares, sociales e institucionales, son el reflejo de sus miembros. No es casualidad el derroche, la falta de discernimiento y de solidaridad. Nos merecemos el mundo en que vivimos.  Cada uno jalonando para su propio lado, interés y beneficio, pisoteando a segundos y terceros, menospreciando el orden natural de las cosas.

Somos el origen y el final, la salud y la enfermedad, el orden y el caos, la sabiduría y la ignorancia. De mí depende la dirección.