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Por Redacción El Meridiano | 2018-02-11 00:00:00

Testigos falsos

Por Roberto Samur Esguerra. Mucho se ha dicho acerca del inmenso daño que le viene ocasionando a la recta aplicación de la justicia eso que han dado en llamar el Cartel de los Testigos. Se sabe de muchas personas que han sido víctimas de esta modalidad de incriminar a quienes por estar circunstancialmente cerca de los hechos han sido materia de investigación y en tantos casos de condena. En estas columnas hemos dicho cómo esa figura aplica bien en Norte América y en países de Europa con alta cultura ciudadana, en los que uno de los delitos más graves es el perjurio, pero no aquí donde se consiguen testigos para todas las especialidades en las bancas de los parques.

El columnista Moisés Wasserman nos recuerda una anécdota  con la que se dio inicio a la eliminación de la tortura para encontrar brujas en la Alemania del siglo XVII. Cuenta que el duque de Brunswick invitó a dos eminentes jesuitas que creían en la eficacia de ese método, para que presenciaran un interrogatorio a una supuesta bruja, bajo los tormentos del Potro. El encargado de activar el mecanismo y el duque mismo le preguntaron a la mujer si conocía a los dos visitantes y ella contestó de inmediato que sí, que eran sus compañeros de aquelarre, con gran capacidad para convertirse en lobos, en cabras o en lo que fuere menester para sus hechicerías.

Sobra decir cuál fue la reacción de los dos sacerdotes, pero hay que señalar que de ahí salieron presurosos a escribir sendos tratados sobre la necesidad de abolir tan cruel e injusta práctica judicial.

Es ni más ni menos lo que sucede con la delación a que se ven abocados quienes reciben los ofrecimientos --no siempre cumplidos-- que les hacen fiscales y jueces para otorgar beneficios rayanos en la impunidad casi siempre, y en la vil infamia, siempre.

Dada nuestra idiosincrasia, tal sistema constituye una amenaza para la sociedad, por lo que es de celebrar que se esté iniciando un movimiento en las Cortes para exigir otras pruebas, mucho más objetivas, que acompañen la referida delación. Lo que no es suficiente, pues la medida sería conminar al delincuente a confesar la totalidad de los hechos y de las personas involucradas, sin nada a cambio, so pena de aumentar la sanción que corresponda al delito. NOTA: Los hechos indican que el mejor acuerdo posible de La Habana no lo fue tanto. Hubiera sido preferible que la Farc aplazara la aspiración presidencial siquiera por uno o dos periodos. Mandela esperó, injustamente, en la cárcel veintisiete años y Sánchez Cerén, en el Salvador, dos décadas después de entregar las armas.  (roberto.468@hotmail.com)

Se sabe de muchas personas que han sido víctimas de esta modalidad de incriminar a quienes por estar circunstancialmente cerca de los hechos han sido materia de investigación y en tantos casos de condena.


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