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Por Redacción El Meridiano | 2017-01-08 00:00:00

Mito Zenú

Una historia del escritor Jairo Sánchez Hoyos sobre legendarios guerreros, caciques y poderes sobrenaturales que se daban con imaginería libre en las praderas y ciénagas de Córdoba. 

Morroy era un ‘cacirí’ dotado de habilidades físicas excepcionales.

Por Jairo Sánchez Hoyos*

Cuentan los abuelos que por allá en la época de los invasores existió un hombre llamado Morroy, primogénito de Mexión Chocué del reino de Sotavento. Este Cacirí, como llamaban a los hijos de los caciques, nació con excepcionales atributos: media casi dos metros de estatura, poseía la fuerza de tres toros juntos, capaz de partir en dos, caballo y conquistador, de un manotazo. 

Cuando iba de cacería no empleaba flechas ni lanzas, pues no las necesitaba. Se acercaba cauteloso al jaguar y tomándolo por el rabo, lo jalaba hacia atrás. De esta manera le arrancaba el alma. Sólo a las grandes personalidades del reino les estaba permitido alimentarse de este animal sagrado para tomar de él el arrojo, la prudencia y valentía. La ponzoñosa araña y la mortal serpiente huían temerosas al notar su presencia. Los tábanos y cínifes evitaban arruinar sus pinchos con aquella tapia que constituía su piel.

En cierta ocasión salió en compañía de cuatro guerreros de confianza a revisar las tierras que algún día heredaría. En sus andanzas llegó, sin darse cuenta, al reino del cacique Cipoté, descubriendo al cacique Pijiguayal ayudando a que los españoles se robaran las cadenas de oro con que Cipoté tenía cercadas sus tierras. 

Morroy se enojó tanto que dio muerte a los españoles arrancándoles las cabezas y castigando a Pijiguayal con las mismas porciones de cadenas robadas, dejándolo por muerto. 

En  su huida se encontró a una linda indígena que se había enamorado de él, al que apenas conocía por sus hazañas, las cuales se habían regado por todos los reinos vecinos. Allí estaba aguardándole bajo las sombras de un guásimo, al enterarse que andaba por la región. Al verle, le tendió los brazos diciendo… ¡Oh cervatillo mío! Llevo noches y días en la soledad aguardando tu paso, llévame a posar en tus sabanas de inmaculada primavera. Morroy muy triste le contó lo sucedido.

—No importa lo que hayas hecho, es más, ese a quien has dado muerte era mi padre.

Morroy se tendió a sus pies implorando perdón. 

—Párate amado mío, que no soy digna de que te postres a los pies de quien, su nobleza, ha sido amancillada por un padre, quien con alevosía, ha traicionado su raza. Lo que has hecho se llama justicia y se lo merecía. Y huyó con él, porque el amor que le tenía era superior al  de su padre.

Morroy se sometió a la justicia de su corte y fue condenado al destierro por haber dado muerte a un superior. Así que muy de mañana partió con su amada y un séquito de fieles servidores, rumbo al naciente. 

Durante días y noches caminaron siguiendo siempre el rumbo de los patos que volaban todas las mañanas desde las ciénagas de su antiguo reino; estacionándose por temporadas en algunas partes de su recorrido, hasta que por fin encontraron un lugar muy bonito que les llamó la atención, ubicada entre el reino de la Cacique Chenú y el cacique Yapé, con suficiente agua y buen suelo para cultivar. 

Tan bueno, que las hojas caídas volvían a nacer. En ese lugar fijaron para siempre su bohital, desconociendo que Pijiguayal no había muerto, antes, por el contrario, había jurado vengarse. Por tal motivo se alió con una arpía que había llegado con las tropas de Antonio de la Torre y Miranda, fijando su residencia en Momil.

—¡Claro, cómo no, con mucho gusto te ayudo a vengarte de él! Le dijo ella quien también se había enamorado, y al perderlo, le desató un odio feroz.

La perversa bruja se transformó en curuja intentando dar con el paradero de la pareja. Fue así como levantó vuelo hacia los oráculos Zenúes: Corcovado y Murrucú. 

—No te puedo decir nada, le contestó Corcovado.

—¡Vete! No te diré nada, le contestó Murrucú.

Entonces voló hacia el reino de los Emberá a preguntarle a Porré, la serpiente que cuidaba de este reino, la cual tenía cabeza de pájaro y cuatro pequeñas paticas; pero ésta tampoco quiso decirle nada.

—¡No los he visto! Contestó Jegú, hermano de Sinú, cuando llegó a ellos solicitando información.

Frente a los intentos fallidos decide regresar a la Ciénaga Grande para convertirse ahora en barraquete y volar con la parvada a las tierras del Cacique Yapé donde existía un santuario inmenso de ciénagas, abundantes en crustáceos y moluscos. 

—No te diré nada, ¡absolutamente nada!  Respondió su colega Cusuma, hembra mohán del reino de Tacasuán la cual tenía la propiedad de convertirse en serpiente, a la que los indígenas llamaban Torcorá y si alguien se acercaba a robarse los tesoros de Tacasuán o de Yapé, enseguida se convertía en un precioso collar de irresistible atracción, y cuando el incauto ladrón adornaba el cuello con él, nuevamente se convertía en serpiente y terminaba estrangulándolo. Pero durante el transcurso de idas y venidas terminó por dar el paradero de la pareja.

—¡Ya sé dónde está! Se encuentra a 15 días de trocha de aquí.

—Bueno, dejo a tu cargo el castigo que se merece. Castígale como se debe. 

—Está bien, no te preocupes que yo sé lo que haré con él

Así fue. Una tarde cuando Morroy venía del trabajo con el sol de los venados, un ánade grande dejó caer un llamativo fruto que previamente había untado con su caca.

—Qué fruto más raro, exclamó Morroy, lo probaré.

Como le pareció agradable se lo comió todo, guardando las semillas en el chocó para sembrarlas en el bohital. Pero una vez que el maleficio cayó al estómago, sintió que el cuerpo le pesaba, que sus ojos, brazos y piernas se reducían. 

Me estoy transformando, pensó amargamente, deseando que tan sólo fuera una ilusión causada por la ingesta del fruto. Pero no fue así. Su cuerpo se transformó en un tierno y curioso animal, con cuatro poderosas patas, cubierto su cuerpo, por una quitinosa caparazón y la boca parecida a un rudimentario pico.

Como cayó la noche y no aparecía, su pueblo encendió antorchas y salió en su búsqueda, encontrándose con el animalito raro que en su lento reptar arrastraba el guayuco y el chocó del noble Cacique. Lo llevaron al bohital y al día siguiente vieron cómo del chocó salían varios animalitos idénticos a él. Desde ese triste día llamaron a los animalitos... ‘Morrocoy’ en honor al gran Cacique al que tanto su mujer como sus vasallos lloraron por largo tiempo. 

 

*Escritor cordobés. 


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