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Por Redacción El Meridiano | 2017-01-08 00:00:00

La rebelión de los toros

En plena temporada taurina en Colombia, un escrito que condensa el sentimiento de los que no están de acuerdo con el sacrificio de estos animales. 

El arte ha registrado numerosas veces la belleza de los toros de lidia.

Toros de las diversas ganaderías acaban de actualizar su comunicado de todos los años:

Hola, pequeños césares de Macondo. Y de la 'Madre patria', que introdujeron el desorden. Los que van a morir, no los saludan. Más bien les retiramos el saludo y la mirada, como hacen  los indígenas del Cauca cuando son agredidos.

Ante todo, los miuras colombianos guardamos un semestre de silencio y expresamos nuestra solidaridad con nuestros  colegas los astados de todo el mundo que el año pasado y éste, perdieron y perderán no sólo la vida sino la  estética, porque nada más feo que un muerto desorejado. (Lo único rescatable de estas 'fiestas' serían las espléndidas crónicas de algunas plumas mercenarias que se orgasmean hablando de la corrida tal).

Por enésima vez, invitamos a los alcaldes que en el mundo son, a que muestren su sensibilidad social prohibiendo la entrada de trago a los tendidos, si no son capaces de cerrar las plazas como lo hizo Petro durante su alcaldía. 

La prohibición del trago, sería otro paso histórico, incruento,  para acabar con esta bárbara costumbre. Corrida sin trago es como amar sin amor, jugar tenis sin pelota como en la película Blow up. O a asistir a una corrida de toros con gallos de pelea.

Pensando con las ganas, sería preferible que los matadores primermundistas permanecieran en España, y se fueran de tapas por tascas madrileñas en vez de darnos con su perverso arte en nuestras propias barbas.

Notificamos Uribe et orbi que los toros preferimos terminar en bisté a caballo y no dando la vuelta a ningún ruedo, así García Lorca haya dicho que ninguna fiesta más rodeada de belleza que ésta en la que perdemos la vida para que nuestros antagonistas engorden sus cuentas bancarias. Menos poesía y más respeto por nuestros 'derechos humanos taurinos' es la consigna.

Si la paz con las Farc está de un cacho, y perdón por utilizar nuestro apéndice para este paralelo, si la paz está a la vuelta de la esquina, ¿qué nos pasa que no acabamos con esta guachafita de las corridas? 

La cita de Federico, como le dicen, la hizo el entonces presidente Gaviria la vez que en Palacio le entregó la Cruz de Boyacá a su tocayo  César Rincón, quien pasó de matarnos a hablar de nosotros a través de la radio.

“La muerte luce el pretexto para que la vida se afirme”, dijo un tanto cantinflescamente el mandatario del revolcón en honor de Rincón quien les enseñó a los españoles cómo fajarse en el ruedo.

Ese día un contingente de tiras del DAS se ubicó  cerca del presidente y doña Ana Milena, su mujer, y otro al lado de los delfines Simón y María Paz,  para evitar que fueran desorejados.

Para proteger sus apéndices auditivos, el periodista de Chinchiná, Caldas, Leonel Toro cubrió la condecoración por entre las cortinas de los salones Amarillo y de Credenciales, convertidos en coso político-etílico-taurino-social. Aquel precepto, más pragmático que cristiano de no hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti, es válido también con nosotros pues desde que nacemos nos entrenan para que nos pongamos bravos y nos hagamos matar.

¿Por qué no nos adiestran para la vida, no para la muerte, y de paso aplican esta estrategia en la vida cotidiana del bobo sapiens? Si quisieran, con nosotros podría empezar la cultura de la vida para oponerla a la incultura de la muerte.

Piensen los señores de la muerte, alias toreros, en lo ridículo que se ven metidos dentro de un traje de luces tan apretado que se les marca notoriamente la diferencia anatómica que natura les dio, para locura y carnaval de los peinadores de las reinas de belleza. Y de las reinas de belleza, claro. 

¿No le parece una solemne bobada al 'civilizado' mundo que asiste a las corridas, que éstas sirvan para que las bellas saquen a tomar el sol sus trapos costosos y sus últimas conquistas rapadas a sus mejores amigas, y los políticos les sonrían a los fotógrafos para que los reencauchen en las páginas sociales de diarios y revistas? 

Si bien estamos litigando en causa propia, ¿no les parece a los toreros pendejo y bochornoso un espectáculo en el que la gente enloquece porque el toro trata de quitarse de encima un trapo que le impide ver los audaces carrizos femeninos de sombra y la colección de cirugías que exhibe en los tendidos Lesbianita de Tal? 

¿Qué será de las venideras generaciones con nuestros muchachos tratando de hacerse toreros en vez de estudiar para oradores, modelos,  politólogos, gramáticos, corrupticos de primer y último semestre, periodistas,  presentadoras de farándula, literatos, futbolistas o ciclistas que son las profesiones que le han dado renombre al país? 

No vamos a censurar a los caballos que también son adiestrados para formar parte de la fiesta que llaman brava. Allá ellos con el libre desarrollo de su personalidad. 

Informamos a los aficionados de sol y sombra y a los eternos figurones de callejón, que nos hemos declarado en asamblea permanente y que estaremos definiendo en breve la hora cero para entrar en cese de cuernos caídos y no embestir más.  


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