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Por Redacción El Meridiano | 2017-01-08 00:00:00

Aires de cambio

La vida es corta y el martirio largo para algunas personas. Pero la conciencia diaria de las intenciones de los actos y sus consecuencias, sin duda mejorarán las cosas. Buenos propósitos. 

Por Carlos Miguélez Monroy*

En esta época del año recibimos y enviamos más mensajes de los habituales. Algunos se dirigen a familiares y amigos cercanos, pero muchos a personas “olvidadas” durante 365 días. Apuramos así las opciones que nos quedan para terminar y empezar bien el año, para reconciliarnos con nuestro lado más sociable y solidario o, simplemente, para quedar bien en el ‘Feis’ y recibir unos cuántos likes.

Pero en el fondo intuimos el vértigo que proporciona cada oportunidad, cada vez que tenemos la posibilidad de poner a cero el contador de kilómetros y de decir “hoy es el día”.

Además de los propósitos de comer y beber con moderación, de hacer más deporte, de leer más, de llamar más a familia y amigos y de ahorrar, la posibilidad de un nuevo comienzo abre una rendija para ser mejores.

Los periodistas y los profesionales de la comunicación hemos vivido años convulsos con precariedad, grados de incertidumbre mayores a los soportables cuando hay una familia que alimentar y una casa que pagar, despidos de compañeros, proyectos de años que se hunden. 

 

Tratamos de explicar el resurgir de la extrema derecha, la pobreza infantil maquillada con altos niveles de consumo que se celebran como triunfos de nuestra sociedad. 

 

Además del cierre de redacciones por fondos menguantes de la publicidad, hemos observado y tratado de digerir sin éxito las imágenes de la masacre del pueblo sirio.

En algunos países, el gobierno intimida con prácticas gangsteriles a periodistas de redacciones críticas con la “lucha contra el narco” o con cualquier táctica ciega de “nuestros gobiernos”, cada vez más al servicio de intereses que la ciudadanía no comparte porque van contra sus derechos fundamentales. 

Para muchos colegas no es posible la huida hacia adelante porque viene en la dirección contraria el crimen organizado que obliga a aceptar sobornos para no poner en peligro la seguridad de los familiares. Resulta imposible negarse a vender el silencio cuando amenazan lo más sagrado para nosotros. Aunque no corran tiempos para heroísmos por la asimetría de las fuerzas, hay quienes aún deciden no negociar sus principios, incluso sin juzgar a quienes sucumbieron al miedo.

Por eso es más fácil apurar las últimas botellas y enviar los últimos mensajes que salir al aire fresco de los primeros días del año para afrontar un nuevo comienzo que depende muchas veces de soltar errores y culpas del pasado que llevamos atadas al pie con un grillete. Cada uno desde sus posibilidades. 

Superar los 1.600 kilómetros que corrimos en 2016 con los primeros 10 de 2017 es sólo una paradoja de la necesidad de renovar las esperanzas, de volver a caer en la cuenta de que podemos empezar hoy a poner las piedras de nuevos cimientos, de nuevos proyectos. Tenemos que seguir corriendo pero no en línea recta ni en la misma dirección.

Parece poco probable conseguir una revolución soñada para un mundo lleno de paz y justicia. Pero una mayor conciencia diaria de las intenciones de los actos y de sus consecuencias en cada persona puede tener el mismo efecto que un copo de nieve.

“¿Cuánto pesa un copo de nieve?… preguntaba un colibrí a una paloma que respondió: “nada”. El colibrí entonces le contó: “Me posé en una rama de pino, cerca de su tronco. Empezaba a nevar. Como no tenía nada que hacer empecé a contar los copos mientras caían sobre las ramas de mi tronco. El número exacto fue de 3.741.952. Cuando cayó el siguiente copo (sin peso, como dices) la rama se rompió”.

Apuremos las botellas y, al levantarnos, llenemos 2017 de copos de nieve.

*Periodista Centro de Colaboraciones Solidarias. 


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